Viendo hundir al Graf Spee Capítulo 3
------------------------------------El espía alemán
Alberto decidió que tenía que hacer algo. Si el alemán era un espía su deber era denunciarlo a las autoridades. Uruguay era neutral con respecto a la lucha que se desarrollaba en Europa pero no se podía tolerar que un espía alemán estuviera emitiendo quien sabe qué clase de mensajes cifrados aprovechándose de la total falta de control por parte del gobierno. No iba a delatarse con el alemán haciéndole preguntas y dándole oportunidad de retirar su cable y esconder el equipo trasmisor clandestino. La denuncia la haría en la comisaría del barrio, la Seccional 10ª sin comentarlo con nadie. Que la policía actuara por sorpresa y si el alemán era un espía que lo detuvieran.
En la Seccional 10ª pidió para hablar con el Comisario. El agente que atendía al público en el mostrador de entrada le tomo el nombre, le pregunto cuál era el motivo de su presencia y le dijo que tomara asiento y esperara.
Esperó un buen rato hasta que se presentó a atenderlo un antiguo conocido suyo. El cabo Machado. El famoso Machado. Némesis de los jóvenes futbolistas callejeros de Punta Carretas. Implacable centauro sobre ruedas, exterminador de juegos de pelota en las calles del barrio, desde los tiempos de la niñez de mi tío cuando Machado solo era un novato agente de segunda, hasta los años de mi infancia en que los de mi generación lo conocimos y lo temimos. Machado montado en su vieja bicicleta Phillips negra, ya con sus escuadras de sargento. Machado, el terror de las pelotas inflables o de trapos, con su navaja sevillana y su sádico placer de destruir esféricos.
Machado conocía a mi tío Alberto desde siempre. En infinidad de oportunidades lo había sorprendido en falta, escapando a la carrera para evitar ser capturado delinquiendo junto a otros pillos alborotadores como el, que molestaban a los buenos vecinos de Punta Carretas corriendo tras una pelota en medio de las calles. Entorpeciendo el tránsito y alterando la paz de las siestas a gritos y pelotazos contra puertas, paredes y ventanas.
Alberto procurando parecer muy adulto y olvidado de aquellos culposos tiempos pasados le explico al policía todo lo que había descubierto. El por entonces cabo de 1° Oscar Machado tomo nota en una libretita negra muy ajada y le hizo saber a su antiguo perseguido que lo reconocía perfectamente y que cuando tuviera un tiempo libre de sus importantes responsabilidades iba a pasar por Ellauri a hacer unas averiguaciones. Eso fue todo.
Mi tío nunca llegó a saber si el exterminador de pelotas cumplió con su promesa de averiguar sobre el espía o si su denuncia murió entre las mugrosas cartulinas negras de la libreta. Pero de todos modos la historia del espía alemán no termino allí.
Unos días más tarde, en una reunión “social” nocturna Alberto se encontró casualmente con uno de los amigos de su compinche “el griego” Stavros Papadopulus. Un joven oficial de la Armada. El Teniente de navío había tenido noticias del episodio del hundimiento del Nikoklis y estaba vivamente interesado en que Alberto le contara hasta el último detalle del ataque del submarino. Puesto a relatar sus experiencias recientes relativas a la guerra, mi tío hizo un comentario sobre el asunto del alemán y sus misteriosos mensajes.
El oficial de la Armada se mostró sumamente interesado en ese tema. Manifestó que en su opinión ese serio asunto no era materia para los milicos de la Seccional. Que lo mejor iba a ser caer por la Embajada Británica donde él conocía bien al Agregado naval. Un Commander escocés que estaba muy bien relacionado con las jerarquías navales del Ministerio de Defensa. Seguramente a los ingleses les iba a interesar muchísimo enterarse de los averiguado por Alberto y tener acceso a los apuntes de la trasmisión en clave que había registrado.
Mi tío estuvo de acuerdo y la tarde siguiente acudieron juntos a la reunión con el Commander Murray, que el marino uruguayo había concertado por teléfono a primera hora.
Luego de haber oído el relato detallado de mi tío y haber recibido una copia de los textos trasmitidos por el alemán, el Commander Mc Intosh les pidió disculpas y preguntó si lo podían aguardar por unos minutos mientras él informaba directamente al Embajador sobre lo conversado.
Regresó minutos más tarde en compañía del secretario de la Embajada. El diplomático felicitó a mi tío por su actitud de lealtad hacia la patria de sus mayores, le agradeció efusivamente su inteligente gestión y prometió mantenerlo al tanto de lo que pudiera ocurrir en el futuro con respecto al espía alemán.
Dos días después, cuando Alberto se encaminaba a la Estacada, su playa favorita, caminando en la bajada de Núñez, la calle lateral de su casa, notó que el Wanderer del alemán había desaparecido y que la reja de la puerta del sótano había sido clausurada con una cadena y un candado. Se apresuró a buscar con la vista el coaxial que emergía de la pared desde el sótano. No había más cable. Incluso el agujero por el que el coaxial había penetrado en la medianera ya no era visible. Lo habían cubierto levantando unos centímetros el nivel de la tierra del jardín.
El único rastro de la conexión de antena que pudo ver fue un alambre recientemente cortado que sobresalía entre las hojas de la planta y el caño de hierro. Curioso, retornó hacia Ellauri y entró al almacén. La gallega dijo no estar enterada de nada. Solo sabía que el señor Egón le había dicho que había recibido un telegrama de su hermana desde Alemania y sorpresivamente había resuelto viajar de inmediato para allí. Le había encargado a uno de sus amigos del Club Alemán de Remo que se encargara de vender el Wanderer y los escasos muebles de su propiedad y pagar dos meses del alquiler del sótano como compensación para la propietaria del inmueble.
Poco después un mensajero se presentó en la casa de la calle Ellauri y dejó un sobre de papel manila con el membrete de la Embajada británica y un pequeño y pesado envoltorio. Se trataba de una fina tarjeta de agradecimiento firmada por el Embajador inglés en la que solo se mencionaba “Una valiosa gestión de colaboración con el representante del gobierno de su majestad británica el rey Jorge VI” .
El pequeño paquete contenía un bonito cenicero de bronce fundido con forma de triángulo isósceles de cuatro pulgadas por lado. En cada uno de los bordes además de las concavidades para apoyar cigarrillos se leía - Ayax - Achiles – Exeter- en letras de relieve. En el interior del cenicero resaltaba otro relieve. Una imagen parcial del Graf Spee.
Junto al cenicero, una tarjeta personal del Commander Mac Intosh aclaraba que el pequeño cenicero era una pieza moldeada por un artesano uruguayo, amigo de Inglaterra, empleando bronce fundido de partes rescatadas del pecio del Graf Spee.

9) cenicero del Graf Spee
Unas horas antes de partir para Buenos Aires a embarcarse de regreso a Liverpool, mi tío Alberto vino a saber por intermedio del Naval amigo de Papadópulus, que el caballero alemán había sido detenido por Investigaciones de Jefatura de Policía y lo había interrogado un Inspector general que hablaba alemán, en presencia de un abogado penalista aportado por la Embajada alemana y un discreto funcionario de la Embajada Británica.
Según supo mi tío, el caballero Egón Raaeder en ningún momento negó haber trasmitido mensajes dirigidos al comando de la Kriegsmarine. Explicó que un alto funcionario de la Embajada de su país le había solicitado que periódicamente informara por CW a una estación de radio en Berlín, las condiciones meteorológicas imperantes en Montevideo y cuando le fuera posible, que mientras estaba dedicado a su entretenimiento preferido de pescar desde la escollera, tomara nota del movimiento de barcos en el puerto. La Embajada le había proporcionado un potente trasmisor -receptor de uso naval y había coordinado para que un electricista de confianza le instalara una antena apropiada en la azotea de la casa en la que él había alquilado un local para vivienda, luego de la muerte de su esposa.
El susodicho electricista, un joven muy correcto que hablaba alemán fluidamente le había comentado que el trabajo había resultado muy sencillo en razón de que en la azotea de la casa vecina había encontrado una vieja antena multionda de algún antiguo radioaficionado que ya no la utilizaba. Solo había sido necesario obtener la autorización de la señora española dueña del almacén, para subir a la azotea, descolgar un cable apropiado con un objeto pesado atado al extremo por atrás de la enredadera del jardín lindero, perforar la pared medianera con una larga mecha de widia y conectar el trasmisor con la antena existente.
Preguntado sobre el porqué de la codificación de los mensajes, el viejo marino había respondido que se trataba de un sencillo código de sustitución, empleado a los efectos de no llamar la atención de quien pudiera sintonizar la frecuencia en que se trasmitía, ya que el carecía de permiso como radioaficionado y a su edad no tenía voluntad de hacer los trámites correspondientes para solicitarlo. Sabía que estaba en infracción, pero en la Embajada le habían dicho que no se preocupara, que trasmitiendo de madrugada no iba a interferir con ninguna emisora local y que como Uruguay no estaba en guerra y no existía un estado de alerta, no habría inconvenientes. El código era simple. Se basaba en una clave que empleaba como referencia dos ejemplares iguales de la novela de Hermann Sudermann de 1888, “El molino silencioso. Uno que tenía el mismo Egón y otro en manos del traductor en Berlín.
De acuerdo al ordenamiento jurídico uruguayo, el único ilícito que había cometido el anciano caballero alemán era haber empleado un transmisor de radio sin la debida autorización. Un delito muy menor. Estuvo detenido apenas unas horas en Jefatura. La Dirección de Investigaciones ni llegó a pasarlo al juez de turno, pero el Ministerio de Relaciones Exteriores, presionado por la Embajada Británica amenazó con solicitar una explicación oficial de parte de la Embajada Alemana a menos que Herr Raaeder abandonara inmediatamente el País. La cuerda se cortaba por lo más débil.
Los alemanes de la Embajada no tenían ningún interés en que el asunto se hiciera público y le consiguieron al anciano marino un pasaje en un buque que partía para España en unas horas. Rápidamente le facilitaron una suma de dinero suficiente como para que la mudanza forzada de retorno a Europa no fuera demasiado onerosa para el viejo marino.
Finalizada su licencia Alberto se reincorporó a su trabajo de radiotelegrafista a bordo de otros buques de la misma naviera para la que había trabajado previamente. Volvió a navegar el Atlántico norte en los convoyes que trasportaban mercaderías, combustibles, armamentos y víveres de América hacia Inglaterra, que en esos tiempos estaba completamente aislada frente a la Alemania triunfante en casi todo el Continente Europeo.
Cuando le fue posible volvió a hacer escapadas a Vigo para encontrarse con su amor, la bella Isabella. Cruzaba a España clandestinamente, a bordo de lanchas de pesca, buques patrulleros, pequeños barcos mercantes y hasta algunas veces en los Catalina o los Short Sunderland de reconocimiento de la Royal Navy.
Las mayores dificultades que enfrentaba eran al regreso. Isabella lo ayudaba a conseguir medios para volver a Liverpool gracias a alguno de los numerosos amigos que ella había hecho a lo largo de años de trabajar en la tienda de artículos náuticos. Marinos, funcionarios de Aduanas, proveedores navales, contrabandistas etc. Si Alberto podía quedarse en Vigo una semana, ella normalmente se encargaba de asegurarle a tiempo el medio para regresar a Liverpool y a su trabajo.
En 1942, Alberto cruzó el Atlántico en numerosas oportunidades sin experimentar inconvenientes. Para la Navidad de ese año tuvo dos semanas libres y las pasó en Vigo y visitando en compañía de Isabella algunos pueblitos fronterizos de Portugal.
Amor, turismo y compras, queriendo alejarse totalmente por unas horas de la Guerra. Compró regalos para la familia, algunos de los que yo todavía recuerdo de haberlos visto en mi infancia. Un precioso canasto de costura, de mimbres multicolores, obra de finos artesanos portugueses para mi abuela Elvira. Dentro del canasto vino algo para cada uno de los adultos y para nosotros los niños. A mi primo Jorge y a mí que éramos sus sobrinos favoritos nos tocaron unas pequeñas anclas de latón dorado, galones de pasamanería y escudos navales. Elementos previstos para que nuestra abuela, que era modista, nos confeccionara sendos uniformes de marinos en miniatura
En Semana Santa del 43 también tuvo unos días libres y pudo hacer el viaje de ida a Vigo a bordo del yate de un español medio demente, que cruzaba a Inglaterra periódicamente a proveerse de whiskey escoses, que en España era casi imposible de conseguir a causa de las restricciones de producción en origen y los precios enormemente inflados por los pocos contrabandistas que se arriesgaban a navegar por el Golfo de Vizcaya y el Canal de la Mancha, eludiendo los peligrosos encuentros con los buques, los submarinos y los aviones de patrulla de unos y otros contendientes.
Sobre el final de ese permiso, en el Golfo de Vizcaya se había desatado una borrasca furiosa que duró más de lo normal. Alberto no logró encontrar ningún medio para volver a Liverpool a tiempo de reintegrarse a su puesto en el Keramikos. El buque partió en un nuevo cruce del océano hacia Portland con otro oficial radiotelegrafista abordo.
Cuando por fin el temporal amainó y mi tío consiguió regresar a Inglaterra, sus conocidos de la Royal Navy en el puerto de Liverpool le informaron que el convoy con el que el Keramikos iba cruzando el Atlántico, había reportado un severo ataque de submarinos alemanes durante la noche anterior. Una “manada de lobos” de la Kriegsmarine había hundido al menos cuatro buques del convoy y averiado dos más. El barco de Alberto era uno de los desaparecidos. No había noticias de sobrevivientes del Keramikos.
Los barcos de la escolta por su parte habían informado de un submarino destruido por cargas de profundidad y un probable averiado, al ser embestido por un destructor de la US Navy, mientras intentaba eludir el cerco de destructores navegando a toda velocidad, sumergido a profundidad de periscopio.
La tercera fue la vencida. Los doce sobrevivientes del Nikoklis hundido el 14 de julio del 41, que se salvaron de otro hundimiento en el Keramikos, cuando el torpedo de un submarino alemán erro el blanco en diciembre del mismo año, desaparecieron junto a su barco el 23 de abril de 1943. Un viernes santo.
Durante la batalla del Atlántico fueron hundidos más de 2.800 barcos mercantes de diversas banderas. No existe un cálculo exacto de las víctimas, pero es de suponer que se habrán superado los 120.000 muertos.
Stavros Papadópulus, su amigo de la infancia y todos sus camaradas de la tripulación incluido el Capitán Metaxas habían muerto. Él se había salvado gracias a Isabella y con ayuda del mal tiempo. Mi tío no era hombre de creer en milagros ni en el destino. El y todos los marinos de su tiempo sabían que sus vidas siempre peligraban y que solo se trataba de tener o no tener suerte.
Alberto volvió a navegar el Atlántico por algunos meses más, en otro Liberty con tripulación en parte griega y con un gran porcentaje de rejuntados de diversas nacionalidades, pero ya estaba resuelto a dejar ese trabajo y tenía pensado que lo mejor para su futuro era casarse con Isabella y regresar con ella a Uruguay. Tenía una buena suma de dinero ahorrado, suficiente para comprar una casa para él, otra para su madre y aún le sobraría lo bastante como para iniciar algún negocio en Montevideo.
Pero como se suele decir popularmente, las desgracias nunca vienen solas.
La próxima vez que pudo cruzar a España recibió otro duro golpe. En Vigo lo esperaba una de las peores noticias posibles. Durante un episodio de la tardía represión política contra los republicanos del Frente Popular, un grupo de estudiantes que manifestaban contra el gobierno en la zona del puerto de Vigo, corridos por partidarios de Franco armados por el ejército, se refugiaron en la tienda donde trabajaba Isabella. Los franquistas enardecidos abrieron fuego contra las vidrieras de la tienda. Isabella que en ese momento se había asomado a la puerta del negocio para ver qué pasaba fue la primera en caer herida y murió minutos más tarde. El incidente había ocurrido unos días antes, mientras él estaba navegando hacia Portland.
Alberto regresó a Inglaterra. Experimentó un duro episodio de depresión y por unas semanas casi no se alimentó. Desde que se despertaba por la mañana hasta la noche lo único que le interesaba era tener fácil acceso a una botella de Gin Gordon. No se presentaba en las oficinas de la Naviera y cuando lo llamaban para asignarle un puesto en otro de los buques, se negaba a regresar al trabajo. Sin ninguno de sus amigos que lo animara, vivió una de las peores etapas de su existencia hasta que en algún momento alguien le pasó bajo la puerta del dormitorio que ocupaba en un albergue para tripulantes de los buques griegos una carta de su madre.
Muchos años más tarde yo tuve oportunidad de ver aquella carta. Un mugroso sobre que una vez había sido blanco, sucio del roce de manos y bolsas de correo. Rotoso y lleno de matasellos de distintos colores. Azules, negros, rojos y hasta verde. Indicaciones escritas a mano con lapiceras o lápices en diferentes idiomas. Tres sellos del correo uruguayo parcialmente desprendidos. Tres bustos de Artigas y una curiosa cifra de milésimos que no recuerdo.
La carta de mi abuela Elvira por alguna razón desconocida había errado su destino y había circulado sin rumbo cierto por varios países de África. Había perseguido al Keramikos por algunos puertos de América y Gran Bretaña. De nuevo a Portland en Maine y por fin, cuatro meses después de haber sido despachada por mi padre en la sucursal de Correos de Avenida Brasil casi Benito Blanco, había pasado bajo la puerta del cuarto del albergue donde mi tío se recuperaba de una pesada ingesta de Gin tonic.
Doña Elvira le informaba a su hijo Alberto que había fallecido su tía María y que en el testamento le había legado a ella una suma de dinero suficiente para adquirir una modesta casita en el barrio. Ella, mi abuela Elvira, había resuelto comprar esa propiedad que se vendía a muy bajo precio porque había estado alquilada por mucho tiempo y los inquilinos que la habitaron eran unas sabandijas y la habían dejado en un estado deplorable. Mi abuela contaba con la promesa de Alberto de aportar algo de dinero, con el que sería posible reparar y reformar aquella casa como para poder vivir dignamente la familia. También mi abuela le mandaba a su hijo Alberto, una foto de sus dos felices sobrinos, orgullosamente vestidos con sus uniformes navales, recién confeccionados, montados en la cureña de un antiguo cañón de tiempos de la Colonia en la Fortaleza del Cerro.

10 ) Foto de Jorge y tatón en la Fortaleza
Aquella carta de una madre para su hijo anduvo rebotando por tres continentes en busca de su destinatario, y cuando por fin lo alcanzó, llegó justo a tiempo de hacerlo reaccionar. Alberto ese mismo día resolvió que era tiempo de continuar con su vida. Era demasiado joven para convertirse en un vagabundo alcohólico y ya había cumplido con su parte de sacrificio en la lucha contra la peste del nazismo. Muertos sus camaradas y la mujer de la que se había enamorado, no tenía sentido seguir arriesgando la vida, por más dinero que le pagaran los griegos. Decidió volver a Montevideo. Unas horas más tarde se embarcó en un granelero panameño que viajaba a Buenos Aires a buscar una carga de maíz. De Buenos Aires a Montevideo como siempre en el vapor de la Carrera.
Soplaba viento del noroeste y había bajante en el Rio de la Plata. Llegando a Montevideo, a bordo del Ciudad de Buenos Aires, través Punta Yeguas desde la cubierta Alberto pudo ver parte de la superestructura gris plomo del Graf Spee que todavía asomaba de las turbias aguas del río que bajaban arrastrando el barro rojizo del Paraná. Desde la tarde en que él había visto explotar al acorazado hasta ese día en que regresaba a Montevideo habían pasado solo unos meses pero según lo que contaba mi tío treinta años más tarde , aquel fue el período más intenso de toda su vida.
Montevideo 17 de enero de 2020