RATONES DE HANGAR

Para la Discusión, Divulgación y Conservación del Patrimonio Histórico Aeronáutico Uruguayo e Internacional en Poder de Nuestro País
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MensajePublicado: 17 Ene 2020 16:44 
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Por estos días se recordaron los 80 años de los episodios que rodearon el final de la Batalla del Rio de la Plata y culminaron con el hundimiento de aquel acorazado " de bolsillo" que actuó como corsario a las órdenes de Alemania en guerra contra Gran Bretaña a comienzos de la 2ª Guerra Mundial.
Festejando el feliz retorno a la actividad de nuestro Foro, luego de un angustiante tiempo de ausencia, en Grandes Editoriales ACME nos complacemos en hacerle llegar a nuestros fieles lectores un relato de aquellos difíciles tiempos pasados cuando algunos jóvenes de nuestro Pais se comprometieron con la causa de la Libertad de la patria de sus mayores y voluntariamente acudieron en apoyo de la Gran Bretaña , asediada por el enemigo totalitario que pretendía dominar toda Europa.
Se trata de una entrega por Capítulos de los relatos que a lo largo de los años pude ir oyendo de boca de mi tío materno Alberto Jones y los recuerdos que en la familia se conservaban sobre los hechos vividos por esos años. A causa de la extensión de este trabajo y para no fatigar a los amables lectores iremos publicando los capítulos al estilo de una mini serie, tal como se acostumbra hacerlo actualmente en los más prestigiosos medios.

*** Viendo hundir al Graf Spee ***

Capitulo I El trágico final del Graf Spee.

Cuando los tripulantes del Graf Spee hicieron explotar las cargas de demolición distribuidas por todo el casco, el acorazado estalló y se incendió, despidiendo una enorme columna de humo negro que se pudo ver ascender rápidamente en el aire limpio del atardecer montevideano, el domingo 17 de diciembre de 1939.

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La virazón soplando del suroeste comenzaba a refrescar las calles de la ciudad, recalentadas por el sol. Miles de montevideanos de todos los barrios se habían desplazado hasta diversos puntos de la costa ansiosos por ser testigos presenciales del probable final del episodio de guerra que toda la prensa uruguaya había estado informando durante los últimos días.
Se sabía que ese domingo por la noche vencía el tiempo de permanencia en el puerto que el Gobierno uruguayo le había concedido al acorazado alemán. Los puntos de observación preferidos por la mayoría de los espectadores fueron, la escollera Sarandí, la rambla sur y las calles que circundan las laderas del Cerro
Los curiosos que se apiñaban riesgosamente desde la media tarde sobre la escollera Sarandí, contaban con ver en primer plano la partida del buque. Los muchos que se habían instalado en los diversos puntos de observación en las alturas del Cerro, tenían expectativas de poder observar directamente lo que pudiera ocurrir si el Graf Spee, cuando se adentrara en el Rio de la Plata, era interceptado por la escuadra inglesa, que se suponía lo estaba acechando a unas pocas millas mar adentro.

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El Graff Spee abandona el puerto de Montevideo rumbo a su destino final.


Medio Montevideo había dejado la tranquilidad de sus hogares y esperaba expectante a ver lo que iba a ocurrir cuando el buque se hiciera a la mar.
Mi tío , Alberto Jones, un joven de ascendencia británica y familia de marinos, su amigo de la infancia, el griego Stavros Papadópulus, Martha, mi madre, hermana mayor de Alberto, Humberto ,mi padre y el niño Humbertito, el pequeño hijo de la pareja, dejaron estacionada la cupé Ballot del 32 de Alberto en la calle que desciende bordeando el Club de Golf hacia la playa Ramírez, frente al descampado municipal en el cual el club Peñarol tiempo atrás había comenzado a cavar el pozo para los cimientos de su futuro estadio.
A fines de 1939, Peñarol ya había desistido de la obra y la Intendencia de Montevideo le había cedido el predio a la Universidad de la República para que allí se levantaran los edificios de la nueva Facultad de Ingeniería.
Los cuatro adultos cruzaron la calle Julio M. Sosa con el niño en brazos de su madre y caminaron ascendiendo la suave pendiente y rodeando el alambrado perimetral del Club de Golf, para ubicarse en la especie de ancho balcón que se eleva sobre el nivel del terreno que lo rodea, enfrentando a la costa. El terreno cubierto de césped y asentado sobre el granito rosado de la vieja cantera. Desde esa altura en 1939 , años antes del enjardinado que hoy rodea el Teatro de verano tenían una excelente vista de la faja costera oeste, la boca de la bahía, y todo el espejo de aguas hasta Punta Yeguas y el horizonte marítimo

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A los fondos del Club de Golf de Punta Carretas.



Buscaron un lugar libre de malezas y se sentaron en el pasto, a esperar los acontecimientos, apoyando la espalda contra el tejido de alambre galvanizado del cerco perimetral de la cancha de Golf. Eran las 18 y 30. Restaba poco más de una hora para el vencimiento del tiempo de permanencia autorizado por el Gobierno para del acorazado alemán en el puerto.
Mientras los varones conversaban comentando las últimas novedades sobre la dramática situación, la joven madre aprovecho la oportunidad para ofrecerle una mamadera al niño , que había despertado durante la breve caminata desde el auto hasta el sitio que eligieron para ver lo que iba a ocurrir mar afuera.
“ El griego “ Stavros , era unos años mayor que Alberto y tenía varios amigos en la Armada. Por estos había sabido que las autoridades navales y militares estaban bastante preocupadas por la difícil situación en que se había puesto el Gobierno, al ceder ante las presiones de la Embajada de Gran Bretaña y negar al Spee la posibilidad de permanecer en el Puerto el tiempo suficiente para realizar las necesarias reparaciones de los daños sufridos durante el reciente combate contra los buques ingleses.
Nadie sabía que se pensaba hacer desde el Gobierno si vencido el plazo, el Capitan Langsdorf, comandante del acorazado se negaba a abandonar el refugio del Puerto. Uruguay no contaba con medios para obligar a los alemanes, y los cañones del buque anclado en el antepuerto eran una formidable amenaza para la ciudad.
Por supuesto que, en aquel momento, solo unos pocos de los hombres más allegados al Presidente de la República estaban informados de lo tratado en cierta reunión secreta entre el Ministro de Defensa y el Coronel aviador Oscar Gestido, Director de la Aeronáutica Militar. Reunión en la que Gestido había informado al jerarca de Defensa que él mismo y sus subordinados de la Aeronáutica Militar, pese a la absoluta inferioridad de medios y las nulas posibilidades de éxito en un eventual combate contra el Graf Spee, estaban a la orden y dispuestos a hacer “Todo lo que les fuera posible hacer, si se les ordenaba atacar al acorazado para obligarlo a abandonar el Puerto “. Obsoletos biplanos Potez 25 de madera y tela, pobremente armados. Livianos DH Tiger Moth de fuselaje de cañitos de hierro revestidos de lino contra el más moderno, mejor armado y más robusto buque de guerra alemán. Antiguas bombas de 25 kilos, viejas ametralladoras de bajo calibre y aviones tan frágiles como lentos enfrentando el blindaje y la artillería más moderna y poderosa del mundo … Aviones vetustos y lentos… pero tripulados por hombres muy valientes dispuestos a cualquier sacrificio en defensa de su Patria…
Stavros Papadópulus, un joven de 26 años, hijo de un matrimonio de comerciantes griegos a quienes todos en el barrio apreciaban por su amabilidad y simpatía, había trabado amistad con Alberto desde que se habían conocido como alumnos de la Escuela Grecia, la institución pública de enseñanza primaria de la calle Héctor Miranda.
Alberto Jones con 23 años recién cumplidos, vivía junto a toda su familia, encabezada por mi abuela Elvira Riccetto, viuda de Alberto Jones Brown, un abogado que hasta su fallecimiento se desempeñaba como funcionario de una dependencia del Ministerio de Cultura. La familia Jones alquilaba una amplia y moderna casa, propiedad del Banco de Seguros, lindera con el almacén de la esquina de José Ellauri Y Joaquín Nuñes. Por su parte, los Papadopulus arrendaban parte de una casa de la calle Solano García a dos cuadras del hogar de los Jones. A los veinticuatro años, Stavros, había abandonado los estudios de Preparatorios de Ingeniería y había conseguido trabajo como marino mercante a bordo de buques griegos que navegaban el Atlántico y el Mediterráneo. Le había ido bien y a fines de 1939 ya había alcanzado el rango de segundo oficial de un buque de carga general de la clase Ocean, propiedad de una naviera griega, que iba y venía recorriendo puertos como Liverpool, Portsmouth, El Pireo, Alejandría, Génova y Buenos Aires.
Fue Stavros, acostumbrado a estar siempre alerta observando el horizonte, el primero en ver la silueta del acorazado que abandonaba el refugio de la bahía y asomaba la proa por detrás de la maciza estructura de hormigón que se levanta en la cabecera de la escollera Sarandí.
El sol, bajo sobre el horizonte, dificultaba la vista del buque, al cual desde Punta Carretas se lo veía de popa, avanzando lentamente hacia mar abierto con un rumbo de 220 grados. Parecía dirigirse en busca del canal. Como si intentara navegar hacia Buenos Aires. Eran las 19.45 y el sol estaba próximo a ocultarse.
El Graf Spee navegando a 8 o 10 nudos apenas, visto desde popa parecía estar inmóvil mientras su superestructura se hacía cada vez más pequeña, alejándose y notoriamente distanciándose de la costa, frente a Punta Yeguas. De pronto, ocultando la vista del casco a medias envuelto en la luz del sol poniente, brilló un enorme fogonazo amarillento que por unos instantes opacó la corona de luz naranja del sol que ya tocaba el horizonte. El sol se ocultaba atrás del horizonte a corta distancia del Graf Spee. Por sobre el casco del acorazado, los curiosos que observaban la escena desde tierra pudieron ver una gruesa columna de humo negro que se elevaba rápidamente en la vertical del barco. La virazón había cesado. Un segundo después del estallido de las cargas explosivas, la onda sonora del fortísimo estampido los golpeó en el cuerpo haciendo vibrar el suelo de rocas de la cantera sobre las que Alberto y el resto de su grupo estaban parados. Como si un ariete sólido y enorme hubiera chocado contra el muro de piedra rosada. El niño Humbertito que después de alimentarse con la mamadera había vuelto a dormir, despertó sobresaltado y empezó a llorar asustado.

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Estallan las cargas explosivas por orden del Capitan Langsdorff


En la superficie lisa del mar no se observaba ningún otro barco hasta donde alcanzaba la vista. Pero todos habían estado esperando ver un fiero combate naval y Stavros ansioso, y entusiasmado aventuró una dudosa opinión. “ ¡Un torpedo de un submarino ingles!! “ .
Los cuatro adultos del grupo eran firmes simpatizantes del bando contrario al de los alemanes del Graf Spee y deseaban que los ingleses hicieran un escarmiento con aquellos nazis atrevidos que habían osado alterar la pacifica existencia y la seguridad de Montevideo. El más joven, el sobrino de Alberto, el niño Humberto que todavía no había cumplido su primer año, aún no tenía opinión al respecto. Solo estaba interesado en que lo dejaran dormir tranquilo en brazos de su madre.
Martha Jones, la madre del pequeño sobrino de Alberto, desde varios años atrás trabajaba como asistente de un odontólogo canadiense radicado en Montevideo desde fines de la década del veinte, cuyos principales pacientes eran los marinos ingleses y norteamericanos cuyos barcos habitualmente hacían escala en nuestro puerto. La joven Martha conocía por sus nombres a muchos de los marinos del Exeter y el Ayax y sabía de sus familias y de sus vidas. Varios de aquellos jóvenes muertos en el combate contra el acorazado alemán habrían sido pacientes del Dr. Gallagher. Cuando sus barcos hacían escala en Montevideo, patrullando el Atlántico sur, rumbo a las islas Malvinas, era habitual que ellos aprovecharan para asistirse con el veterano odontólogo canadiense, quien los atendía preferentemente sin necesidad de pedir día y hora y además les cobraba mucho menos dinero que el que les habría salido el mismo tratamiento en Inglaterra o en EEUU. Otra ventaja del consultorio del Dr. Gallagher era la presencia de su asistente femenina que siempre estaba dispuesta a facilitarles invitaciones para paseos por la ciudad y reuniones familiares en compañía de otras jóvenes que hablaran su idioma y simpatizaran con ellos. Y como si esto fuera poco, en aquel lujoso consultorio instalado en un lujoso piso del edificio lindero con el Palacio Salvo, también podían conectarse con el hermano de Martha, el joven Alberto despierto colaborador del Dr. Gallagher, chofer, técnico en equipos eléctricos, cadete de envíos a laboratorios dentales y especialista en la atención personalizada de los pacientes extranjeros.
Alberto era eficiente en conseguirles cualquier cosa que necesitaran. Alojamiento por unas pocas noches para no tener que dormir en los espartanos camarotes de los barcos anclados en el puerto. Veloz reacondicionamiento de ropas o calzados. Transporte privado con su Ballot. Comunicación con las familias por medio de radioaficionados estratégicamente ubicados en los puntos de origen de los interesados. Útiles consejos para la compra de regalos y recuerdos con destino a sus parientes o amigos…. Y ¿por qué no ¿…invitaciones para fiestas privadas y no muy familiares. Organización de paseos por la noche montevideana con jóvenes más que amistosas, que hablaran o no hablaran su idioma… El joven Alberto era buen mozo, muy simpático, dominaba el inglés, tenía muchos contactos, muchos amigos y amigas y además era muy bien recibido en todas partes.

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Mi tío Alberto y su compinche el “griego” Stavros desde antes del 39 odiaban a los nazis y como muchos jóvenes de su tiempo querían involucrarse de alguna forma en la lucha contra el fascismo.
Alberto de adolescente se había interesado mucho en el mundo de los radioaficionados. Lo entusiasmaba poder comunicarse con personas en otros países alejados de nuestro aldeano Uruguay. Tan temprano como en 1934, a los quince años, con ayuda de un vecino radioaficionado que lo apoyaba generosamente y estudiando en un manual de radio para aficionados (The radio amateur, s handbook) comprado en un puesto de la feria de Tristan Narvaja, había emprendido la construcción de su propio equipo radio trasmisor. Con materiales comprados por pocos pesos en la feria, bobinas, circuitos y chasis elaborados artesanalmente por el mismo empleando una buena dosis de ingenio, al cabo de unos meses logró emitir su primera señal morse en la banda de 80 metros. Señal que fue captada sin problema por su vecino de enfrente.
Como por ser menor de edad no le estaba permitido operar un equipo trasmisor, se limitó a brevísimos mensajes emitidos en complicidad con su “mentor” , el vecino radioaficionado, y dirigidos a selectos amigos de este último. Pronto varios radioaficionados uruguayos y argentinos se hicieron cómplices de aquella irregularidad y tácitamente aceptaban divertidos, en sus “ruedas” nocturnas de charlas, la presencia bastante tímida del jovencísimo Alberto, que al cabo de unas semanas ya estaba trasmitiendo y recibiendo mensajes, empleando cautelosamente una característica CX, que le había facilitado un veterano radioaficionado. Uno de sus proveedores de materiales electrónicos de Tristan Narvaja, que por entonces casi no mantenía actividad en radio.
En 1939 Alberto ya era un veterano de la radiotelegrafía. Con vinculaciones radiales entre aficionados de todo el mundo. Dominaba el manipulador de radiotelegrafía y había superado largamente los tiempos de su primer equipo artesanal. Había logrado hacerse de un moderno receptor Hammarlund HQ 180 y su nuevo transmisor había dejado atrás los tímidos comienzos de la salida de radiofrecuencia por una modesta válvula 6C4 . Emitía a través de un poderoso tríodo 810. Su antena ya no era un simple alambre de cobre de instalación de tierra tendido entre aisladores hechos con cuellos de botellas de cerveza cortados a fuego de alcohol. Sobre la azotea de la casa familiar, Alberto había amurado un mástil metálico que soportaba una parrilla de tubos de aluminio atornillados a un sólido travesaño de bakelita. Emitía y recibía en las bandas de 10 , 20 , 40 y 80 metros. Se comunicaba habitualmente en español, inglés, y hasta en italiano con “ colegas” radiotelegrafistas de buques que navegaban por los “ siete mares”.

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De acuerdo a la tradición de los relatos familiares, fue aquella tarde de diciembre del 39, en la que los alemanes hicieron explotar el acorazado, que Alberto entusiasmado por lo que pudo ver desde lo alto de la cantera a los fondos de la cancha del Club de Golf creyendo ser observador de una victoria naval británica, resolvió que él también quería involucrarse en la aventura de la guerra contra los nazis. Como muchos jóvenes de raíces británicas creía que era su deber acudir en ayuda de la patria de sus mayores amenazada por el enemigo alemán. Aquella misma noche le planteó a su amigo Stavros que tratara de conseguirle un puesto a bordo de alguno de los barcos de la naviera griega para la que trabajaba.
El buque en el que Stavros revistaba como segundo Oficial de navegación, por esos días estaba retenido en el puerto de Buenos Aires por un trabajo de mantenimiento de la caldera y casi todos los tripulantes habían sido beneficiados con unos días de licencia. Él amigo de mi tío había aprovechado a cruzar a Montevideo a visitar a sus padres y amigos.
Stavros prometió ocuparse del pedido de Alberto, pero unos pocos días más tarde recibió aviso de su capitán que el buque ya estaba reparado y debía reintegrarse a su puesto. Regresó a Buenos Aires y partió de regreso a Inglaterra.
Pasadas las fiestas de fin de año, Alberto volvió a ocupar su tiempo con los asuntos que surgían en el consultorio del Dr. Gallagher y los encargues de los pacientes de paso por Montevideo. Una actividad bastante lucrativa que le había permitido ahorrar lo necesario para instalar su equipo de comunicaciones a un buen nivel y comprarle financiado, a un anciano paciente del consultorio, el Ballot del 32, una coupe de origen francés algo pasada de moda y muy difícil de repuestos, pero funcional a sus necesidades de joven soltero y activo. Siempre contaba con dinero para gastos y los requerimientos laborales del consultorio no le ocupaban demasiado tiempo… pero no estaba feliz con seguir viviendo esa rutina tan cómoda. Sus enérgicos 23 años pedían algo más.
Unos pocos meses después llegó la respuesta a sus inquietudes, en forma de un telegrama que recibió su propia madre, mi abuela Elvira. El mensaje fue entregado el sábado 15 de junio a mediodía. Lo firmaba el “griego” Papadopulus y concisamente le informaba a Alberto que su barco estaba anclado en el Puerto de Buenos Aires y que el oficial radiotelegrafista de la tripulación se había enemistado con el Capitán y había desertado. Que, si Alberto seguía dispuesto a embarcarse para Europa, cruzara de inmediato a Buenos Aires y se presentara en el muelle de carga. El buque zarpaba al día siguiente. No había tiempo para pensarlo.
Mi tío Alberto regresó al hogar a la tarde y cuando se enteró del mensaje de su amigo Stavros ,no lo pensó. Le informó a su madre que se iba para Buenos Aires en el Vapor de la Carrera que partía esa misma noche. Juntó lo necesario de ropas, documentos y el dinero que tenía en la casa. “Secuestró “una buena bolsa de lona con cierre de argollas y herrajes para candado que se usaba en la casa para enviar las prendas de vestir a la lavandera, y la cargó con lo que creyó iba a necesitar prioritariamente. Se vistió con un pantalón y una campera azul marino. No tenía zapatos negros y los marrones que siempre usaba no iban a quedar nada bien con las ropas que pretendían parecerse a un uniforme de marino. Un sábado de noche en el Montevideo de 1940 era impensable salir de compras a una zapatería, pero Alberto era un hombre de muchos recursos y sabía que su cuñado Humberto, mi padre, unos días antes había estrenado un par de zapatos negros y que calzaba el mismo número que él…. Mi padre, que apreciaba mucho al hermanito menor de su esposa no pudo negarse. Sus flamantes zapatos negros que todavía estaban en ablande marcharon para Europa… o eso fue lo que en aquel momento creyeron todos los de la casa…

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Alberto Jones un marino improvisado


Capitulo II
________________Un marino improvisado----------------------------------------------------------------------------------


Última edición por Humberto Arioni Jones el 19 Ene 2020 10:27, editado 3 veces en total.

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MensajePublicado: 17 Ene 2020 19:38 
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Ubicación: Barrio Bella Italia - Montevideo
Espectacular Humberto!! Ansioso por el segundo capítulo. Abrazo

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Oscar Stanisich


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MensajePublicado: 17 Ene 2020 21:05 
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Registrado: 16 Feb 2009 20:11
Mensajes: 16850
Ubicación: Joaquín Suárez, Canelones
Excelente relato para esta época de vacaciones Humberto. Esperamos más episodios.


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MensajePublicado: 18 Ene 2020 21:24 
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Registrado: 20 Dic 2006 18:25
Mensajes: 7849
Ubicación: Montevideo-Uruguay
Muy bueno...!! y esperando el próximo capítulo... :dedoparriba

Julio


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MensajePublicado: 19 Ene 2020 12:44 
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Registrado: 21 Dic 2006 09:42
Mensajes: 9678
Ubicación: Pando, Uruguay
Leído por completo! Tal como te conté este sábado en el taller. Un paseo de la mano por los hechos desde la microhistoria personal hacia la historia mundial. Bueno bueno! Y veo que cambiaste la foto del Spee (lector... pronuncialo "spé" como aproximación... es alemán, no inglés. Aquí doble e no suena i!.
La anterior era de otro barco... la vi en pequeña pantalla (cel) y sin lentes pero creo que le habías errado.
Esta está interesante. Parece foto color. Es de antes de la guerra ya que no tiene el camuflaje adicional con zonas oscuras ni la falsa ola en su proa. Y tiene un biplano Henschell en vez del "moderno" Arado del Cielo!!

_________________
MAIL: aamameregalli@adinet.com.uy
2002 – 2ª mitad, génesis del Grupo
2003 – Junio 3, ¡somos RATONES DE HANGAR!
2004 - Junio 12, R de H en el museo = voluntariado
2004 - Junio, génesis del FORO
2005 - Julio 2, fundación de la AAMA
¡Larga vida al Ratón!


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MensajePublicado: 19 Ene 2020 18:36 
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Registrado: 25 Ago 2009 10:26
Mensajes: 293
Ubicación: Uruguayo en Madrid, España
Muy bueno el relato, de novela o de cine, un buen relato de la historia mundial a través de los ojos de un joven y patriótico Alberto y el bebé Humberto :)

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Alan Pereira Pierce


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